¿Recuerdas aquella camisa blanca que juraste tratar “mañana mismo” y ahora parece un pergamino medieval? ¿O la chaqueta que llevaste a aquella feria de empleo en marzo y que todavía huele a nervios y café? Estamos en Lisboa, donde la humedad se instala en los armarios como un primo lejano y la llovizna — esa que no moja pero irrita — aparece cuando menos lo esperas.
La verdad es dura: la ropa no se cuida sola. Y cuando el cesto de la ropa sucia empieza a tener personalidad propia, es hora de…
