María estrenó su apartamento en Airbnb hace tres semanas. Alfama, vista al río, suelo de madera que cruje en el lugar justo. Todo salió bien: dos huéspedes, dos reseñas de cinco estrellas. Pero hubo un detalle que casi la hace desistir antes incluso de empezar: la ropa de cama.
“Cuando me di cuenta de que tenía que lavar, secar y planchar cuatro juegos de sábanas entre check‑out y check‑in, con 31 grados fuera y la máquina tardando una eternidad, pensé: esto no es para mí.”
María no está sol...
