La culpa es de la lluvia (pero la solución también)
Lisboa tiene ese encanto mojado. En cuanto chispea, el empedrado se vuelve resbaladizo, los tranvías ganan un encanto extra y tú… bueno, tú recoges la ropa del tendedero con cara de pocos amigos. No es solo una impresión: cuando llueve, las ganas de planchar alcanzan su punto máximo. Las camisas parecen acordeones y los pantalones de lino recuerdan más a un pergamino antiguo que a una prenda de vestir. ¿La buena noticia? Se pueden domar las arrugas, incluso con la humedad rondando el 90%. Esto g...
