Si hay una verdad universal en Lisboa, es esta: basta con que caigan unas gotas para que las ganas de enfrentarse a la plancha se evaporen más rápido que un charco en el Chiado en agosto. Y sin embargo, aquí estás, mirando ese montón de camisas que creció misteriosamente durante la semana, mientras el pronóstico anuncia “lluvia ligera” — ese eufemismo portugués para “estará gris y húmedo lo suficiente como para convencerte de que planchar puede esperar”.
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