Hay un momento que define la estancia de cualquier huésped: ese instante en que abre la puerta de la habitación y ve la cama. No es el suelo de madera, la vista sobre el Tajo o la máquina de café en la cocina. Es la cama. Y la diferencia entre un “bien, todo correcto” y un “guau, qué sitio tan increíble” está en los detalles que la mayoría de los anfitriones ignora.
Sábanas arrugadas, olor a humedad, fundas de almohada mal planchadas. Parecen pequeños detalles, pero son los que hacen que un huésped desconfíe de la limpieza, dude del profesionalismo...
